
Todos conocemos lo que hace la poesía o la lectura de un buen libro sobre nuestro estado anímico, cómo nos transporta a sitios inimaginables, cómo resuena en nosotros y nos pone en contacto con nuestras fibras más íntimas, pero muy poco sabemos la manera en que la poesía y el lenguaje afecta nuestro cerebro.
En un artículo de la revista Literary Review aparecido este mes, Philis Davis, profesor de inglés de la Universidad de Liverpool, discute el efecto que tiene el leer a Shakespeare sobre la función cognitiva y el cerebro.
Davis se propuso investigar, con la ayuda de Neil Roberts, neurocientífico cognitivo de la misma universidad y el psicólogo Guillaume Thierry, cómo respondía el cerebro a los “cambios funcionales” (Functional Shifts) en el lenguaje. En los cambios funcionales una palabra adopta repentinamente otra función sin que haya ninguna modificación en la estructura de la oración. Un ejemplo de esto es el caso en que un sustantivo se convierte en verbo como cuando Edgar refiriéndose a Lear dice “él aniñó mientras que yo apadré”. Aquí el sustantivo “niño” se utiliza como un verbo “aniñar”, al igual que el sustantivo “padre” se convierte en “apadrear”.
Los cambios funcionales en el lenguaje mantienen 3 principios básicos: la libertad creativa y fluidez del lenguaje, la economía de energía, en el sentido en que comprime una formulación, y, su cercanía con la metáfora, cosa en la que Shakespeare era experto.
La intención de Davis era investigar qué ocurría en el cerebro cuando se le presentaban estos cambios funcionales. Cuáles eran, en otras palabras, las respuestas neurales a estas sutilezas del lenguaje. Para ello se sometió a los sujetos experimentales a pruebas de EEG y fMRI en el momento en que se le presentaban diferentes tipos de oraciones, entre ellas unas con cambios funcionales. El EEG mostró que el cerebro, al percibir una violación semántica, registra un tipo de modulación mayor a la que normalmente registra en el lenguaje común. Es decir, cuando la palabra en una oración es inesperada y difícil de integrar el cerebro reacciona con una mayor amplitud de onda indicando el esfuerzo que éste hace para integrarla dentro de una oración que haga sentido.
El cambio funcional es lo que los científicos llaman un fenómeno “robusto”: es decir, tiene un efecto distinto y particular en el cerebro. Estas formas del lenguaje obligan al cerebro a trabajar a un nivel de conciencia más elevado sin dejar de respetar al mismo tiempo las leyes con las que trabaja. Davis dice:
A pesar de que el cambio funcional fue semánticamente integrado con facilidad esto disparó un proceso de re-evaluación sintáctica que requirió del cerebro mayor atención y una conciencia emergente adicional dándole más poder y fuerza a la oración como un todo. De esta manera Shakespeare está … abriendo la posibilidad de alcanzar nuevas cimas, nuevas conexiones neurales con potencial para desarrollarse. Nuestros hallazgos comienzan a mostrar como Shakespeare crea efectos dramáticos al aprovechar implícitamente la relativa independencia – a nivel neural - de la semántica y la sintaxis en la comprensión de una oración. Es como si se tratara de un pianista que con una mano toca una melodía de fondo mientras la otra mano, simultáneamente, se presta a recorrer variaciones más complejas.
Estos experimentos apenas están comenzando. Lo que se intenta indagar es dónde en el cerebro se ubican estos procesos y cómo se relacionan entre ellas las áreas del cerebro involucradas. Si es cómo algunos neurocientíficos sostienen, que hay un área del cerebro que procesa los sustantivos y otra área que procesa los verbos, ¿qué sucede entonces cuando al cerebro se le presenta un cambio funcional en el que no puede identificar si se trata de un verbo o un sustantivo?
Estos estudios ponen de manifiesto cómo el cerebro se desarrolla llegando a niveles cognitivos más elevados cuando se le ofrece algo discordante, una sorpresa que no esperábamos, algo que no hace sentido y que necesitamos integrar para comprenderlo. Como en todo aprendizaje y búsqueda de comprensión son estos eventos “inesperados” los que impulsan el desarrollo de nuestras capacidades intelectuales y cognitivas:
Comprendo cuando no todo está claro, cuando hay espacios vacíos, oscuros. La comprensión es sólo posible en la falta, el hueco, la disonancia, algo nos suena “raro”, algo no cuadra. Es en la sorpresa, en el “accidente”, en lo no esperado que – si estamos abiertos – , captamos un sentido. (Tomado de “Comprender un texto”)
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