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Archive for the ‘Decisión’ Category

Existen dos tipos de personas: los que piensan y los que actuanExisten dos tipos de personas: los que piensan y los que actúan. Los primeros aprecian la actividad intelectual, el pensar por el pensar, les gusta sumergirse en las profundidades de la mente, en el análisis y la búsqueda de respuestas, se regocijan en los vaivenes de la imaginación y de lo posible. En general podría decirse que son metódicos, ponderados, precavidos antes que nada. Algunos dirían que son simplemente cobardes o en el mejor de los casos, perezosos. Los segundos, interesados en la acción, no pierden mucho tiempo en la reflexión, en la deliberación. Sabemos que tomar una decisión no es tarea fácil pero para el hombre de acción el actuar no es más que la consecuencia lógica de un proceso intelectual: se piensa, se decide y luego, como es natural, se pone en práctica la decisión tomada. El pensar aquí es un pensar productivo, orientado a la acción, a lo concreto. Se quiere y se desea un resultado, procurar una forma, delimitar, hacer la idea cuerpo, plasmarla en la realidad. El actuar como concreción del pensar, como expresión palpable del pensamiento.

El actuar es un pensar comprometido. El que piensa en cambio no se arriesga, no toma partido, que es a final de cuentas como estar muerto. Es fácil quedarse en el pensamiento. En la mente todo está abierto, es el mundo de las posibilidades, de lo que “podría” ser. La persona de acción en cambio sabe que tiene que hacer sacrificios y los asume, sabe que “ésta” decisión deja afuera todas las demás, que “ésta” alternativa deja de lado – para siempre – todas las otras posibilidades. Si el hombre de acción es audaz, emprendedor, el “pensador” no se atreve, duda, es inseguro y tiende a la inercia. No se da cuenta de que toda decisión se toma en incertidumbre.

Si el pensar es pasado o futuro el actuar es presente puro. El hombre de acción está ocupado en el presente. El que piensa en cambio está amarrado al pasado – lo que pude haber hecho y no hice, lo que pude haber sido y no fui – , o en el futuro – ¿y si sucede esto o lo otro?, ¿y si las cosas no salen como espero? De cualquier manera tiene un pie aquí y uno allá.

Si el pensar es mente, el actuar es cuerpo, si el pensar es psique el actuar es soma. Winnicott decía que el pensar exacerbado no es más que el intento de la mente de llenar un vacío, de alimentar una falta, de sustituir, en otras palabras, al cuerpo que no es otra cosa que la afectividad y las emociones.

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isaacasimov

En Gaussianos leo esta interesante paradoja en contra del libre albedrío y la respuesta que le da Isaac Asimov. Más abajo la opinión del autor del artículo sobre la interpretación de Asimov:

El artículo de hoy trata sobre una de las paradojas más enigmáticas que conozco. No es una paradoja de la intuición del estilo de la paradoja del cumpleaños, la paradoja de la banda esférica, la paradoja de Banach-Tarski o la paradoja de Smale (ya que de éstas puede darse una explicación razonable) sino más bien está al nivel de la famosísima paradoja de Russell. Hablamos, como reza el título de post, de la paradoja de Newcomb.

Esta paradoja fue ideada por el físico teórico William Newcomb, del Laboratorio Lawrence Livermore de la Universidad de California, en 1960. Años más tarde llegó a manos de Robert Nozick, filósofo de la Universidad de Harvard, que fue quien se encargó de difundirla a través de su artículo Newcomb’s Problem and Two Principles of Choice.

El juego de las cajas

Vamos a introducir la paradoja de Newcomb mediante el siguiente juego:

Imaginemos que estamos sentados frente a dos cajas, que llamaremos C1 y C2. La caja C1 contiene 1000 € mientras que la caja C2 puede contener un millón de euros o no contener nada. Tenemos dos posibles elecciones:

1.- Tomar la caja C2 solamente.
2.- Tomar ambas cajas.

En algún momento anterior a nuestra elección un Ser Superior (que podría ser una inteligencia de otro planeta o algo parecido), que es capaz de predecir con casi total exactitud lo que vamos a elegir, entra en escena de la siguiente forma: si predice que vamos a elegir solamente C2 mete el millón de euros en ella y si predice que vamos a tomar las dos cajas deja C2 vacía (si predice que vamos a utilizar algún método de elección aleatoria, como tirar una moneda y elegir C2 si sale cara o las dos cajas si sale cruz, dejará C2 vacía).

Partiendo de que nuestro objetivo es obtener la mayor ganancia posible la pregunta es evidente: ¿Cuál es la mejor elección?  (más…)

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Vamos a suponer que ya has tomado una decisión con respecto a algún asunto en particular. Ya has decidido el curso de acción a tomar luego de pesar las distintas alternativas. Te has planteado tus metas y objetivos. Sabes a donde quieres llegar. No te queda más que poner en práctica la decisión tomada con tanto esfuerzo y trabajo. Sólo te queda actuar, arrancar con tu proyecto. ¿Para qué sirve una decisión si no la implementas, no es cierto? Pero no puedes. Sabes exactamente lo que tienes que hacer, pero no te puedes mover! Estas paralizado. Inercia total!

 

Encuentras mil excusas para no tomar ninguna acción. Que no es el momento adecuado, que debes revisar y reconsiderar tu decisión, que prefieres esperar, quizás cambian las cosas por sí solas, quizás alguien tome la decisión por ti o mejor esperas que surja una idea mejor, que las condiciones cambien o te ganes la lotería y entonces todos tus problemas se resuelvan. Si esperabas mejorar tu situación decides que mejor no haces nada, que mejor es malo conocido que bueno por conocer. En conclusión: no mueves un dedo.

 

Todos hemos estado en esta situación. Las razones de la inercia son muchas. Temor al cambio, a equivocarnos, miedo a que las cosas no salgan como esperamos, o que salgan incluso “mejor” de lo que esperábamos lo que requeriría nuevas decisiones, responsabilidades y más cambios. Sin embargo seguimos ahí, quejándonos de nuestra situación sin hacer nada o imaginando como todo sería maravilloso y fantástico cuando alcancemos la meta – si la alcanzamos – , es decir, si hacemos algo para alcanzarla! Mientras tanto esas ideas brillantes se quedaron en eso, en ideas, en la cabeza, no en la realidad.

 

La vida es eso: una decisión tras otra, una acción tras otra. El miedo a actuar no es más que miedo a vivir, a comprometernos y tomar partido. No tenemos más alternativa que tomar decisiones, ponerlas en práctica y movernos hacia adelante.

 

¿Cómo salir entonces de la inercia y actuar para lograr nuestros objetivos? He aquí algunas sugerencias que me han servido para motivarme a actuar cuando me veo paralizada por el temor y las dudas: 

  1. Actúa más, piensa menos. Ya pensaste, deliberaste, analizaste. Tomastes la decisión, que no es tarea fácil. Es hora de actuar. Hazlo ya! ¿Quieres comenzar una dieta? ¿Quieres entrar en un programa de ejercicios? No esperes el lunes, o principio de mes o luego de terminar el trabajo que tienes pendiente. Empieza hoy mismo! Practica poner en práctica tus objetivos tan pronto como te sea posible, mientras más los retrases perderán fuerza y será cada vez más difícil comenzar. El pensar demasiado no es más que una trampa que nosotros mismos nos ponemos para no actuar. Da el primer paso, atrévete. Practica hacer cosas en lugar de pensar acerca de ellas.
  2. Comprométete con tu decisión y mira hacia adelante. Acepta que elegistes un camino y sólo uno. Llevar a la práctica la decisión tomada requiere hacer un duelo por todas las otras alternativas que se dejaron de lado. De nada sirve volver una y otra vez a evaluarlas y reconsiderarlas. No hay nada que nos paralice más que ese ir y venir constante. Una vez que se toma la decisión debemos comprometernos en cuerpo y alma con ella y hacer todo lo posible porque funcione. De nada sirve por otro lado tratar de incluir de alguna manera las alternativas que se abandonaron o hacer acomodos para mantenerlas en reserva en caso de que la opción elegida no funcione. No hay nada que entorpezca más la acción que intentar hacer compromisos inútiles porque no hemos podido aceptar que no podemos tenerlo todo.
  3. Recuerda que con ideas solamente no alcanzas resultados. Las ideas son importantes pero ellas sólo son válidas cuando se implementan  sino seguirán siendo sólo ideas y nada más. Una buena idea puesta en práctica vale más que 100 ideas brillantes que no se concretan. Si tienes una idea en la que realmente crees haz algo acerca de ella. A menos que tomes alguna acción esa idea no va para ningún lado.
  4. No esperes a que las condiciones sean perfectas. Si esperas a que las condiciones sean perfectas para actuar probablemente nunca lo harás porque las circunstancias NUNCA van a ser perfectas. SIEMPRE habrá una oportunidad que podría parecer más adecuada. De todas maneras nunca sabrás si las condiciones son perfectas o no hasta que realmente pones en marcha tu plan. Lo que parecía un momento no tan perfecto puede que termine siendo el mejor posible, pero esto sólo lo sabrás en la acción misma. Igualmente, si postergas la acción esperando por un momento más propicio puede que este nunca llegue y entonces perdiste la oportunidad que tenías. En la vida real no hay un momento perfecto para empezar algo. Tienes que actuar y lidiar con los problemas en la medida en que vayan surgiendo. El mejor momento para actuar fue el año pasado. El segundo mejor momento para actuar es ahora mismo.
  5. Actúa a pesar del miedo. Sé valiente! No vamos a negar que siempre hay algo de temor o aprensión al decidirnos a tomar un curso de acción, por supuesto que en algunas decisiones más que en otras. Es natural, el actuar implica siempre un cambio y todo cambio trae temor, ansiedad o dudas. Por supuesto que siempre estamos más cómodos y nos sentimos más seguros en lo conocido pero si actuamos es precisamente para cambiar las cosas si no no actuaríamos. Actúa a pesar del miedo! El momento más difícil para actuar es el primer momento. Una vez que se pone en movimiento la acción estarás ocupado en llevarla a cabo lo mejor posible, el miedo pasa a segundo término. Decídete a actuar, más tienes que perder al no hacer nada que al hacerlo y equivocarte. Los resultados sólo los verás en la marcha.
  6. No esperes que se te ocurra la mejor idea o el mejor plan de acción para actuar. A veces esperamos que se nos ocurra una idea brillante, la idea “perfecta”, para comenzar a tomar una acción. En lugar de esperar que aparezca ese golpe de inspiración actúa ya, las ideas van a surgir una vez que las cosas se pongan en marcha. Es lo que sucede en todo proceso creativo. El que espera tener la novela perfecta en su mente para comenzar a escribir nunca lo hace. Es en el proceso mismo de escribir que surgen las ideas las cuales podrás desarrollar y perfeccionar a medida que escribes.
  7. La acción es del aquí y del ahora. Toda acción es del momento presente. Concéntrate en lo que quieres alcanzar, en tus objetivos actuales, no te preocupes como serán las cosas mañana o lo que pudiste haber hecho y no hiciste. El momento presente es el único que tenemos. Es ahora, no ayer, no mañana sino ahora. No hay nada más fácil para sumirse en la inercia y evitar la acción que vivir en el pasado o pensar en todos los posibles escenarios en que las cosas pueden salir mal. Pensar en el futuro es paralizarte porque existe una multitud de factores que no dependen de nosotros. Recuerda que no tienes control sobre el futuro sino sobre lo que puedes hacer ahora. Si quieres mantenerte en la inercia piensa en el futuro, es el mejor antídoto contra la acción.
  8. Sé disciplinado. Concéntrate en la tarea a mano. No te distraigas con detalles que no te llevarán a nada y lo que harán es postergar la acción. Por alguna razón cuando estamos dispuestos a actuar  encontramos cosas urgentes que tenemos que hacer. Si quieres escribir escribe ahora mismo, no chequees tus emails por enésima vez, no te pongas a limpiar tu escritorio o devolver las llamadas que tienes pendiente. Haz una lista de todas esas tareas que se te van ocurriendo, sigue con tu plan que luego tendrás tiempo para llevarlas a cabo.
  9. No esperes estar totalmente convencido de que tu decisión es la correcta para actuar. Toda decisión se toma en incertidumbre. Nunca tenemos toda la información a mano, además de que siempre pueden surgir imprevistos que no dependen de ti y que no puedes controlar. Nunca sabrás si la decisión fue la correcta hasta que la hayas puesto en práctica. Es sólo una vez que te comprometes en la acción que te darás cuenta si esa decisión que tomaste funciona o no o si necesitas cambiar de estrategia o hacer ciertos ajustes. No tenemos garantías. Actúa a pesar de la duda. Es sólo en la marcha que sabrás qué hacer. Hasta que no actúes puedes imaginarte todas las consecuencias posibles, buenas o malas pero eso está solo en tu cabeza y mientras tanto no has avanzado ni un milímetro en tus objetivos.
  10. Divide la tarea en etapas. A veces nos sentimos sobrecargados de ver el proceso que nos viene por delante. Piensa en tus metas en términos de etapas. Concéntrate en cumplir esas etapas una por una. No hay mejor excusa para no comenzar nada que sentirnos abrumados por la tarea futura. Si en cambio nos proponemos metas más razonables y a corto plazo estaremos sin darnos cuenta avanzando hacia nuestros objetivos. Roma no se construyó en un día.
  11. Lo excelente es enemigo de lo bueno. Una de las mayores trabas para tomar acción es nuestra ambición de alcanzar la excelencia. Esperar que los resultados sean superlativos, no buenos, medianamente buenos, sino los mejores. El perfeccionismo es la mano derecha de la inercia. Si nos acogemos a la tarea esperando alcanzar la perfección estamos perdidos, porque o nos paralizamos o en el instante en que los resultados se alejen de nuestras expectativas bastará para tirar la toalla y abandonar el proceso. Creo que debemos comenzar por percibirnos como simples mortales comprometidos con su trabajo haciendo lo mejor que podamos en el mejor tiempo posible, sin compararnos con nadie, andando a nuestro propio ritmo. Esta es la única manera de recorrer un camino: el nuestro. 
  12. Acalla tu crítico interior. No hay nada mejor para sumirnos en la inercia y no avanzar un paso que la voz de ese crítico que tenemos en nuestro interior y que está constantemente vigilando nuestros pensamientos, acciones y logros. A la menor señal de fracaso, duda, o simple equivocación tendremos al crítico diciéndonos que no sabemos hacer nada bien, que somos unos inútiles e ineficientes y que no sigamos dedicándole más tiempo a este proyecto que no vamos a llegar a ninguna parte. Si quieres hacer algo con tu vida lo primero que debes hacer es acallar de manera firme y contundente a ese crítico interno que, como en el punto anterior, no quiere más nada de ti que la última perfección y excelencia. Nada menos que eso.
Nada alcanzamos si no nos comprometemos en la acción. Es en la acción que se produce el cambio. Requiere de valor tomar la vida en nuestras propias manos. Lo contrario es la inercia, la apatía y la pasividad. Más vale haberlo intentado y haber fallado que nunca haberlo intentado. 

 

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Foto cortesía de adm

Siguiendo con la tónica del problema del decidir…

Dan Arieli, economista “conductual” del MIT y autor de ¨Predictably Irrational: The Hidden Forces That Shape Our Decisions” – en español: “Las trampas del deseo” Editorial Ariel  sostiene en su libro que en cuanto nos toca decidir somos consistentemente irracionales la mayoría de las veces, incluso decidiendo a favor de opciones que pueden ser totalmente contraproducentes para nosotros, cosa que desde el punto de vista de la lógica y la razón no tiene ningún sentido.

  

Arieli expone en su libro cómo el comportamiento normal de las personas se aleja de lo que los economistas presuponen. La economía de mercado está sustentada sobre ciertas premisas básicas, dice Arieli. Primero, que somos una unidad individual y coherente. Segundo, que sabemos con relativa certeza lo que queremos y necesitamos y por lo tanto somos capaces de predecir lo que vamos a hacer en el futuro inmediato. Tercero, que nos conocemos por la información que nos brinda el cuerpo, como por ejemplo, el hambre, la sed, el dolor y el placer y que es esta información la que guía nuestras decisiones. Como afirma Arieli la economía tradicional asume que conocemos toda la información relevante acerca de nosotros mismos y que somos capaces de calcular el valor de las diferentes alternativas que se nos presentan. Somos, para las decisiones importantes, seres racionales y eso es lo que hace a los mercados eficientes.

 

Lo que muestran sin embargo los últimos estudios en psicología, sociología y economía, dice Arieli, es que estas premisas son falsas. Es verdad que tenemos una parte racional en nosotros, pero ésta no es normalmente la que manda. Por otra parte, esta supuesta unidad coherente que somos no lo es tal, somos en cierto sentido muchas personas a la vez, con diferentes intereses, deseos y maneras de comportarnos.

 

¿Cómo explicar por ejemplo el hecho  de que vivimos prometiéndonos a nosotros mismos que haremos dieta y ejercicio y esta promesa desaparece como por arte de magia al contemplar un postre apetitoso? ¿Por qué nos sorprendemos comprando entusiasmados cosas que en realidad no necesitamos? ¿O por qué compramos cosas de menor calidad sólo porque están de moda, incluso siendo más costosas? No parece en efecto que estemos siendo racionales aquí, ¿verdad?

 

Todo esto prueba una vez más que no somos todo lo racionales que quisiéramos creer y que en la economía de mercado, así como en cualquier asunto humano entran en juego elementos, conductas, actitudes que muchas veces no podemos ni explicar ni justificar. 

 

Estoy de acuerdo con Pascal cuando dice:

El corazón tiene razones que la razón desconoce”

Vea aquí “Somos predeciblemente irracionales” una conversación entre Eduard Punset y Dan Arieli.

 

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Foto cortesía de drhunter

En 1970, el Dr. Benjamin Libet reconocido fisiólogo de la Universidad de California, realizó un experimento que originó un intenso debate acerca del problema del libre albedrío. Hasta el día de hoy estas investigaciones son la piedra de tranca para los que defienden la idea de que el hombre es dueño de sus acciones. El Dr. Libet conectó un electrocardiograma (EEG) a un grupo de voluntarios solicitándoles que movieran sus manos cuando ellos así lo desearan. Los EEG reportaron la activación en el cerebro de conexiones asociadas con esos movimientos. La sorpresa que arrojó este experimento fue que esas conexiones se registraron medio segundo “antes” del momento en que el sujeto decidía conscientemente iniciar el movimiento.

Estudios como estos se han repetido innumerables veces con los mismos resultados poniendo en evidencia cómo la “decisión” de iniciar el movimiento es tomada por el cerebro antes que nosotros la tomemos. Esto quiere decir que hay una inversión en la percepción del movimiento y la decisión misma: primero aparece la percepción del movimiento por parte del cerebro y luego la decisión, a diferencia de lo que se suponía de que primero surge la decisión conciente por parte del sujeto y luego la percepción del movimiento por el cerebro. Esto implicaría que los procesos neurológicos inconscientes son anteriores y preceden decisiones conscientes y totalmente espontáneas. Son éstos los que en realidad “causarían” los actos a voluntad. La decisión vendría a ser por tanto totalmente inconsciente a pesar de que nosotros creyéramos lo contrario.

Las implicaciones filosóficas de estos experimentos son importantes. Si esto es así como Libet demostró, si el cerebro ya ha tomado los pasos necesarios en iniciar una acción “antes” de que nosotros siquiera estemos conscientes del deseo de realizarla, los procesos inconscientes y no la conciencia, serían los verdaderos iniciadores de los actos volitivos por lo que no podríamos hablar de libre albedrío como tal.

Ante la controversia que estas conclusiones trajeron a raíz de estos experimentos Libet indicó que el único libre albedrío del que se pudiera hablar es el de la capacidad que tenemos de “vetar” la decisión del cerebro. Hasta cierto punto afirmó podemos evitar realizar la acción sugerida por el cerebro, por ejemplo cuando vetamos nuestro deseo de comernos un dulce apetitoso.

El problema con estas discusiones es que deben comenzar por clarificar cómo es o quién es este sujeto que toma las decisiones o si se puede en primer lugar hablar de un sujeto, de un “self” como tal. La idea del libre albedrío está directamente vinculada a la noción de sujeto, si no puede hablarse de un “self” no tiene sentido hablar de libre albedrío, no hay nadie que decida ni nada que decidir.

De cualquier manera estos resultados son un ataque contundente a la noción de libre albedrío. Los que defienden esta postura sostienen que el libre albedrío no es más que una ilusión. Creemos que decidimos cuando en realidad esta decisión ya fue tomada de antemano sin nuestro consentimiento. Como sostiene el Dr. Wegner de la Universidad de Harvard: “El libre albedrío es una ilusión, una ilusión muy persistente”, sostiene, comparándola con el truco del mago que ha sido visto una y otra vez. “A pesar de que sabemos que es un truco, caemos siempre en la trampa y nos dejamos engañar”.

Una vez Isaac Bashevis Singer comentando sobre el tema del libre albedrío dijo lo siguiente:

“Claro que creo en el libre albedrío. ¡No tengo otra opción!”

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Tomar una decisión, en general, no es tarea fácil. Claro, hay decisiones más sencillas que otras. No es lo mismo tener que escoger un par de zapatos que elegir la carrera a la cual nos vamos a dedicar profesionalmente. Tampoco es fácil por ejemplo tener que decidir entre dejar o no un trabajo o escoger la pareja con la cual vamos a compartir nuestra vida. De cualquier manera y salvando las diferencias, el proceso es básicamente el mismo: reunimos la información pertinente; analizamos una y otra vez los pro y los contra de cada opción; tratamos de predecir y visualizar las posibles consecuencias de nuestra elección, sin dejar de consultar, por supuesto, con expertos, familiares o amigos a ver si a alguien se le ocurre algo que nosotros no habíamos considerado.

No todo el mundo sin embargo sigue estos pasos. Hay unos más afortunados, diría yo, que no tienen ningún empacho en lanzarse a tomar una decisión sin la menor consideración posible o porque no quieren amargarse la vida o porque tienen otras cosas más interesantes que hacer con su tiempo o porque quizás confían, en mi opinión ingenuamente, que todo va a salir bien con la ayuda de Dios y la providencia.

El proceso de decidir, sobre todo si la decisión que se va a tomar es de las “trascendentales” viene acompañado generalmente – por lo menos en mi caso –  por un alto nivel de estrés. Es lógico, no queremos equivocarnos y por ello el período de deliberación puede llegar a ser interminable. Nos encontramos a veces dando vueltas sobre el mismo punto, volviendo una y otra vez a las alternativas que ya habíamos descartado y regresando de nuevo a examinarlas todas otra vez. Pareciera que no vamos a salir nunca de esto. Además del estrés natural que este proceso implica, no sé porqué extraña razón lo convertimos en la medida justa de nuestro valor como personas. Si decidimos bien, si el resultado de nuestra elección fue positivo nos felicitamos, nos sentimos orgullosos de nosotros mismos, fuimos razonables, ponderados y sobre todo tuvimos visión y medimos bien las consecuencias. Si en cambio el resultado no fue el esperado, ahí nos cae la culpa encima. Nos reprochamos de una manera cruel y sin descanso el habernos equivocado, el no haber sabido tomar la decisión correcta, o porque nos apresuramos, o porque actuamos impulsivamente o porque no sopesamos con cordura y ecuanimidad – como debe ser – las distintas opciones.

Lo peor de todo esto es que no tenemos otra alternativa: la vida está hecha de decisiones, una tras otra, incesantemente, continuamente, no terminamos de tomar una cuando ya aparece otra a la vuelta de la esquina. No tenemos tregua. El ser humano está condenado a decidir: dar un paso o no dar un paso es una decisión. El no decidir es también una decisión. No tenemos escapatoria.

Foto cortesía de rbieber

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Foto cortesía waffler

Por todo lo anterior he llegado a la siguiente conclusión:

1-    Que toda decisión se toma en incertidumbre. Esto es, debemos partir de la base de que no tenemos manera de saber cómo van a resultar las cosas. Podemos tener una idea de cuál “podría” ser el resultado final – y éste es justamente uno de los criterios para evaluar la decisión –, pero no podemos saber a ciencia cierta qué es lo que va a suceder en el futuro.

2-    En otras palabras: no somos adivinos, y ojo: nadie nos pide que lo seamos. El tomar una decisión no es un concurso o competencia con nosotros mismos a ver si somos capaces de predecir el futuro. ¿Cómo me irá en este trabajo para decidir si lo tomo o no? Sencillamente no sabemos, ni tampoco tiene sentido hacernos esta pregunta. El proceso es más bien al revés: este trabajo me conviene por las razones a, b, y c, y por eso me decido a tomarlo. ¿Qué si voy a estar contento? ¿Qué si me va a ir bien? No lo sé ni tengo forma de saberlo. Solo lo sabré, como es lógico, una vez que esté trabajando allí. Toda decisión se toma en el presente con la información que tenemos “aquí y ahora”. Embarcarnos en tratar de adivinar los resultados de nuestra elección para así garantizar que sea la correcta, además de que no es posible, no tiene ningún sentido.

3-    Hay incertidumbre también en el hecho de que la información que tenemos a mano nunca será completa y exhaustiva, además de que las cosas cambian, con o sin nuestro consentimiento y de allí que las circunstancias vayan modificándose, lo que hace que una decisión que parecía correcta ayer ya no lo sea hoy.

4-    Debemos saber por otra parte de que por más que una decisión se tome a conciencia, se delibere, se analice, se ponderen todos los factores no por eso va a resultar como esperábamos. El haber hecho la “tarea” bien, no garantiza necesariamente un buen resultado. Como todos sabemos hay sólo ciertas cosas que podemos controlar – muy pocas a decir verdad –  por más que queramos pensar lo contrario.

5-    Si bien lo que se desea es una decisión racional y lógica, muchos dicen en cambio que, paradójicamente, las mejores decisiones se toman “intuitivamente” y que siempre es bueno decidir en base a lo que “resuene” más con nuestra manera de ser, independientemente de lo que “debemos” hacer o lo que se considere más práctico y conveniente.

6-    Una vez que tomamos una decisión, y esto es importante, debemos  olvidarnos de las otras opciones que dejamos de lado y trabajar por hacer todo lo posible para que esta decisión funcione.

7-    Por último, si después resulta que la decisión que tomamos no fue la correcta debemos saber que “errar es de humanos”, que como ya dijimos hay cosas – muchas cosas –  que escapan a nuestro control. No somos infalibles y esto es parte de la naturaleza humana.

A la final toda decisión no es más que una apuesta. Para decidir, como para vivir, hay que tomar riesgos. Cruzamos los dedos y miramos hacia adelante. Apostamos con todas nuestras fuerzas a que la decisión tomada será la correcta. Sólo el futuro lo dirá. Mientras tanto no nos queda más que tomar una acción y comprometernos en cuerpo y alma con ella.

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