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Archive for the ‘Descartes’ Category

Existen dos tipos de personas: los que piensan y los que actuanExisten dos tipos de personas: los que piensan y los que actúan. Los primeros aprecian la actividad intelectual, el pensar por el pensar, les gusta sumergirse en las profundidades de la mente, en el análisis y la búsqueda de respuestas, se regocijan en los vaivenes de la imaginación y de lo posible. En general podría decirse que son metódicos, ponderados, precavidos antes que nada. Algunos dirían que son simplemente cobardes o en el mejor de los casos, perezosos. Los segundos, interesados en la acción, no pierden mucho tiempo en la reflexión, en la deliberación. Sabemos que tomar una decisión no es tarea fácil pero para el hombre de acción el actuar no es más que la consecuencia lógica de un proceso intelectual: se piensa, se decide y luego, como es natural, se pone en práctica la decisión tomada. El pensar aquí es un pensar productivo, orientado a la acción, a lo concreto. Se quiere y se desea un resultado, procurar una forma, delimitar, hacer la idea cuerpo, plasmarla en la realidad. El actuar como concreción del pensar, como expresión palpable del pensamiento.

El actuar es un pensar comprometido. El que piensa en cambio no se arriesga, no toma partido, que es a final de cuentas como estar muerto. Es fácil quedarse en el pensamiento. En la mente todo está abierto, es el mundo de las posibilidades, de lo que “podría” ser. La persona de acción en cambio sabe que tiene que hacer sacrificios y los asume, sabe que “ésta” decisión deja afuera todas las demás, que “ésta” alternativa deja de lado – para siempre – todas las otras posibilidades. Si el hombre de acción es audaz, emprendedor, el “pensador” no se atreve, duda, es inseguro y tiende a la inercia. No se da cuenta de que toda decisión se toma en incertidumbre.

Si el pensar es pasado o futuro el actuar es presente puro. El hombre de acción está ocupado en el presente. El que piensa en cambio está amarrado al pasado – lo que pude haber hecho y no hice, lo que pude haber sido y no fui – , o en el futuro – ¿y si sucede esto o lo otro?, ¿y si las cosas no salen como espero? De cualquier manera tiene un pie aquí y uno allá.

Si el pensar es mente, el actuar es cuerpo, si el pensar es psique el actuar es soma. Winnicott decía que el pensar exacerbado no es más que el intento de la mente de llenar un vacío, de alimentar una falta, de sustituir, en otras palabras, al cuerpo que no es otra cosa que la afectividad y las emociones.

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Es obvio que existo, sino ¿quién es la que está escribiendo estas palabras en frente de un computador en estos precisos momentos? Sólo los psicóticos podrían tener estas dudas ¿no? ¿Y si fuera una sueño? ¿Y si todo, las palabras, la computadora, yo, el mundo, el tiempo no fuesen más que ideas en mi mente puestas en mí por un genio maligno con el único propósito de engañarme? Además, ¿con qué derecho digo yo que soy “yo”? ¿Quién es este “yo”? ¿Soy mi cuerpo o mi mente o soy el resultado de una simple conexión sináptica entre mis neuronas? Son preguntas que uno se hace de vez en cuando… sobre todo cuando esta aburrido. Pero empecemos por el principio. 

 

Descartes inauguró la noción de subjetividad que marcó el inicio del pensamiento moderno. De acuerdo con Descartes el sujeto es este ego, este “yo” dirigido hacia el mundo. Se trata de un “yo” racional que tiene la facultad de establecerse metas y alcanzarlas, que es capaz de controlar sus emociones y disciplinarse a sí mismo. El “self” aquí es el “locus de control”, el dueño de sus acciones. No hay nada para este sujeto que no pueda alcanzar ni conocer mientras se deje guiar por la razón. Es una “mente pensante”, capaz de descifrar los misterios de la naturaleza así como un agente moral que actúa en el mundo.

 

Pero debemos preguntarnos: ¿qué queremos decir realmente cuando hablamos de un “self”? ¿Podemos en realidad hablar de un “self” en primer lugar? ¿Quién es este “yo” al cual me refiero cuando digo: tengo hambre, estoy triste, me engañaste, mis rodillas me duelen? ¿Quién es este “yo” cuyo objetivo primordial es alcanzar la felicidad o ser eficiente y productivo en su relación con el mundo? 

 

Para David Hume, uno de los filósofos más importantes de la filosofía occidental,  representante de la corriente empirista, no hay un “self” como tal. Si buscamos dentro de nosotros, afirma, nunca veremos un “yo”,  lo que vemos es una percepción, una impresión, una experiencia, pero no al sujeto de esa experiencia. El “self” para Hume no es más que un “haz de percepciones”. Cuando estamos absortos contemplando una puesta de sol por ejemplo no hay ningún “yo” allí presente, lo que hay es una experiencia, una visión, una sensación pero no un “yo”. Es sólo cuando “salimos” de la experiencia y nos preguntamos “quién” está contemplando esa puesta de sol es que le atribuimos a alguien –  a nosotros mismos – esa experiencia. Pero como dice Hume esto no es más que una ilusión. Tenemos la tendencia a adscribirle esas sensaciones o impresiones a alguien. Debe ser “alguien” el que contempla esa puesta de sol, cuando en realidad de lo único que se puede hablar es de una “visión de una puesta de sol”, una percepción. Según esto no podemos decir “yo miro una puesta de sol”, sólo podemos decir “hay una percepción de una puesta de sol”.

 

Fuera de la tradición filosófica occidental y siguiendo esta misma línea de pensamiento encontramos la filosofía budista. El budismo niega igualmente la idea de un self que es el sujeto de la experiencia. Para el budismo no hay un “yo” permanente al cual se le podrían adscribir todas nuestras percepciones. Lo que define a la naturaleza es el cambio permanente. Nuestro cuerpo cambia constantemente. No somos ahora lo que fuimos ayer. Nuestras células están constantemente modificándose. No somos la misma persona de hace un minuto atrás. Para el budismo, este cambio permanente que nos define hace que no podamos asumir que existe una unidad subyacente al flujo de esas experiencias.

 

Sin embargo, es evidente para nosotros que somos “alguien”. Que soy la misma persona que nació hace tantos años, que me llamo así, que este es “mi” cuerpo y que tengo una historia, que he tenido unas experiencias, que he recorrido un camino manteniéndome siempre yo misma. Es lo más natural del mundo para nosotros suponer que somos el sujeto al que subyacen todas esas experiencias. No sólo lo digo yo. Lo dicen también todos los que me conocen que me ven por la calle y me llaman por ni nombre. Por eso nos resulta tan incomprensible esta idea.

 

Pero entonces si no hay un “yo” ¿quién está teniendo estas percepciones? ¿Quién o qué está teniendo la experiencia de este cuerpo físico y estos contenidos mentales, imágenes, ideas, sensaciones, emociones? Para el budismo, al igual que para Hume, la idea del self no es más que una ilusión. Es la mente la que construye momentos de aparente estabilidad a partir de un mundo inherentemente inestable; la que está creando artificialmente momentos virtuales de permanencia a partir de un universo impermanente. Es la mente la que crea una idea de “self” de un proceso que es totalmente impersonal. Este “self” investido de cualidades que no posee, se convierte en el elemento central y dominante de la vida psíquica, confundiendo el flujo de experiencias contingentes en una entidad estable y permanente en el tiempo.

 

Cabe aquí la pregunta: ¿quién es entonces el que experimenta esta “ilusión” de un “yo”? Porque para engañarme a mí misma debo ser alguien. Si acepto que me engaño pensando que soy un “yo” cuando de hecho no lo soy resulta que de todas maneras soy “alguien”, alguien que se engaña a sí misma! O como el argumento del sueño: puedo pensar que todo es un sueño, que sueño que hay árboles, esta casa, esta computadora, que existo yo aquí sentada frente a la computadora, puede que todo sea un sueño, pero debo ser alguien porque sólo “alguien” sueña!

 

Volvemos así a Descartes. Se trata del mismo argumento que utilizó para demostrar que existe a pesar de que se engañe, a pesar de que dude acerca de todo incluso acerca de su propia existencia. Pienso, luego existo. Sólo por pensar, aún engañandome acerca de lo que pienso, si me engaño, existo. Una verdad totalmente irrefutable, ¿no es cierto?

 

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