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Archive for the ‘Psicología’ Category

10 características del jefe psicópataHay psicópatas por todas partes. Tu jefe puede ser uno de ellos. ¿Existen maneras de determinar si lo es?

Las características de la personalidad del psicópata pueden ser muchas: manipulador, persuasivo, carismático, egocéntrico, impulsivo y sobre todo la ausencia de conciencia y empatía. Pero no necesariamente todas estas características tienen que estar presentes ni en los mismos grados. Además que vale recalcar que un psicópata no es necesariamente un asesino en serie. Así que si tu jefe llena estas características no te asustes pero quizás sea buena idea que empieces a pensar en cambiar de jefe o de trabajo!

1. Manipulación emocional

Los psicópatas son camaleones sociales. Pueden modificar su actitud y comportamiento en menos de un segundo si piensan que pueden beneficiarse con ello. Una de sus armas favoritas es el buscar las simpatías y la comprensión de los otros.

No se equivoquen: Los psicópatas son personas seguras de sí mismas, extrovertidos y fuertes, nunca sienten lástima de sí mismos, sin embargo son expertos manipuladores y no tienen empacho en jugar con nuestros afectos y emociones si ello les conviene. Son expertos en provocar sentimientos de compasión en los otros.

Señal de alarma: El mostrarse tratado injustamente, en desventaja y apelar al apoyo y la comprensión de los otros es una de las marcas de fábrica del psicópata, tanto en el ambiente corporativo como en la vida diaria.

2. Controlador obsesivo

Los jefes psicópatas son como jugadores de ajedrez que perciben a sus empleados como meras piezas de un tablero psicológico invisible: desechables, prescindibles y redundantes.

A los psicópatas les encanta zarandear a la gente a su antojo solo por el placer que les causa. Cambios innecesarios en el área de trabajo, horas de trabajo fuera de las normales, la promesa de algún beneficio adicional por sacarle los trapitos sucios a un colega, son solo algunos de los manejos favoritos de los jefes psicópatas.

Señal de alarma: Si no dejas de rascarte la cabeza intentando comprender las razones detrás de las demandas de tu jefe no busques mas, la respuesta puede ser mas sencilla de lo que supones.

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good-nights-sleep5810-782968-773741-main_FullTodos hemos sufrido pesadillas de vez en cuando. Un nuevo estudio sin embargo ha determinado que las personas que padecen de problemas psiquiátricos agudos y reportan un incremento de pesadillas severas pudieran tener un riesgo alto de suicidio. 

El estudio en cuestión examina a 82 pacientes que se encontraban esperando una evaluación psiquiátrica de emergencia en un hospital que trata problemas mentales. 

Parece ser, según afirma Rebecca Bernert, líder de esta investigación, que los problemas de sueño, especialmente las pesadillas constituyen una señal de alarma y están asociadas a un factor elevado de riesgo de suicidio. 

Dado que las dificultades en el sueño son  susceptibles de tratamiento y están menos estigmatizadas que la depresión y el suicidio estos resultados, afirma Bernert, pueden afectar  la evaluación estandarizada del riesgo de suicidio y los esfuerzos para su prevención. 

Las pesadillas de los pacientes, el insomnio, la depresión y las tendencias suicidas fueron evaluadas a través de diferentes cuestionarios. Los resultados indican que las pesadillas severas, lo que no sucede con el insomnio, están asociadas con tendencias suicidas luego de tomar en cuenta la influencia de la depresión. Estos resultados sugieren que las pesadillas en sí mismas representan un factor de riesgo elevado de suicidio. 

Esta nueva investigación hace énfasis en la necesidad de una evaluación más detallada de los patrones de sueño de los pacientes y representan una oportunidad importante para la intervención y prevención. 

El estudio mostró que los problema de sueño aparecen ahora entre las 10 señales de alarma más importantes de suicidio por el SAMHSA (Substance Abuse and Mental Health Services Administration) 

El sueño y los cambios de humor están íntimamente relacionados y la depresión sigue siendo el más importante predictor de suicidio. 

El estudio fue presentado en SLEEP 2009, 23rd Annual Meeting of the Associated Professional Sleep Societies. 

Fuente: PsychCentral

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090528154950_sp_soup_corbis_226x283Todos somos capaces de “escuchar” formas y tamaños y quizás hasta de “saborear” sonidos, indica un grupo de científicos de la Universidad de Oxford, en Inglaterra.

La mezcla de experiencias sensoriales, mejor conocida como sinestesia, influye en nuestra percepción y nos ayuda a comprender sensaciones que se producen simultáneamente, señalaron los investigadores.

La sinestesia en sí misma es una rara e inusual condición que afecta a menos del 1% de la población.

Se puede manifestar de diferentes maneras. Algunas personas pueden “ver sonidos”, que también les provocan ver colores.

Otros individuos podrían percibir colores mientras leen palabras escritas con negro en una superficie blanca.

Pero, de acuerdo con Charles Spence, profesor de Psicología Experimental de la Universidad de Oxford, todos somos capaces de manifestar sinestesia.

Oyendo formas

En los experimentos realizados por Spence y sus colegas participaron 12 voluntarios, a quienes se les hizo ver una imagen que destellaba en una pantalla y escuchar un tono.

Tanto el sonido como la imagen se produjeron casi al mismo tiempo.

Se trataba de dos tipos de imágenes: un punto negro grande y otro pequeño o una figura con terminaciones angulosas y otra con terminaciones redondas.

Los puntos grandes y las formas redondas fueron asociados con sonidos de baja frecuencia.

“Las personas son mejores discriminando qué se produce primero cuando el sonido y la figura no se combinan”, explicó Spence.

“Cuando el sonido y la imagen no se produjeron simultáneamente, la gente encontró más sencillo mantenerlos separados”, dijo. “Ante una asociación compatible -un punto pequeño y un sonido de frecuencia alta-, el cerebro de los participantes tendió a unirlos más estrechamente”.

El equipo de científicos también estudió el “reconocimiento espacial” de los voluntarios.

Los sonidos se emitieron tanto a la derecha como a la izquierda de la imagen y se descubrió que para la gente era más fácil determinar de qué lado provenía el sonido si no coincidía con la imagen.

Todo indica que nuestro cerebro podría usar las asociaciones de la sinestesia -señaló el profesor Spence- “para combinar los diferentes estímulos sensoriales que llegan a nuestros receptores al mismo tiempo.

“Si hay muchas experiencias visuales al mismo tiempo, por ejemplo, si estoy en una fiesta muy ruidosa ¿cómo sé a qué rostro corresponde cada voz?”, indicó el científico.

Le hemos dado a la gente platos de comida y le hemos hecho preguntas sobre ellos, incluyendo ¿es esta comida “bouba” o “kiki”? ¿es una “maluma” o una “takete”? 

“Podemos hacer encajar imágenes y sonidos que provienen de la misma posición o que ocurren al mismo tiempo, pero hay problemas con ello”.

“Si se piensa en un trueno y en un relámpago, el sonido del trueno y la luz del relámpago se producen por separado”.

“Y si movemos nuestra cabeza, pero no nuestros ojos, o movemos nuestros ojos y no nuestra cabeza, eso provocará una incongruencia entre nuestros oídos y nuestros ojos, entre nuestra audición y nuestra visión”.

“Esta relación de sinestesia es un tercer elemento que nuestro cerebro puede usar”, señaló Spence.

La idea de que una palabra en particular “suena” aguda o suave, no es nueva. Pero, es la primera vez que se demuestra que afecta directamente la percepción de personas que no manifiestan sinestesia.

Comiendo palabras

Algo que todas las personas que experimentan sinestesia tienen en común es que tonos o palabras siempre provocarán los mismos colores y sabores.

Spence cree que puede usar esta relación para realzar nuestro sentido del gusto.

El concepto de palabras que tienen un sonido agudo o suave lo introdujo, en 1929, el psicólogo estonio Wolfgang Kohler, quien diseñó un experimento en el que les preguntaba a los participantes que escogieran cuál de dos figuras era llamada “bouba” y cuál era llamada “kiki”.

La mayoría dijo que kiki era la figura angulosa y de color naranja y bouba era la que tenía forma redonda y color púrpura.

El profesor Spence considera que este extraño lenguaje puede influir nuestras papilas gustativas, por eso, en su trabajo con el reconocido chef Heston Blumenthal, el científico está intentando combinar directamente la experiencia de un auditorio con un platillo de comida.

“Le hemos dado a la gente platos de comida y le hemos hecho preguntas sobre ellos, incluyendo ¿es esta comida “bouba” o “kiki”? ¿es una “maluma” o una “takete”?, le dijo Spence a la BBC.

Dos de los mejores ejemplos, señaló, es el queso Brie, que es “muy maluma”, mientras que el arándano es “muy takete”.

“La idea es que le des a los participantes dos platillos de comida y les digas que uno es takete y otro es maluma, pero sin especificar cuál es cuál hasta que lo coman”.

El equipo podría también, de acuerdo con el investigador, crear deliciosas y sonoras nuevas palabras para los platos del restaurante de Blumenthal.

“Aún no hemos decidido cuáles usar”, dijo Spence.

Fuente: BBC

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ocd_picQuien haya visto “Mejor, imposible”, la película con Jack Nicholson, conocerá una versión moderada de un obsesivo compulsivo. Para contener sus desbordes de ansiedad, Melvin repite rituales: apaga y prende la luz una, dos… cinco veces; tira el jabón cada vez que se lava las manos; lleva cubiertos de plástico al restaurante; enloquece cuando camina porque no “puede” pisar las uniones de las baldosas. En la vida real, cada vez se diagnostican más casos de Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC): “Esclavos de sus pensamientos”, los llaman los psiquiatras. Conviven con ellos casi 800 mil argentinos, por eso hablan de una “epidemia oculta”. 

El trastorno obsesivo compulsivo se caracteriza por la irrupción de pensamientos incontrolables (obsesiones) que provocan mucha ansiedad. Para neutralizar esas ideas y disminuir el malestar que generan, la persona ejecuta ciertas conductas repetitivas (compulsiones) que cumple como rituales”, explica el psiquiatra Enzo Cascardo, coautor del libro “Trastorno obsesivo compulsivo y su espectro”. 

Entre los obsesivos más frecuentes están los “lavadores y limpiadores”, que como sienten que pueden contaminarse se lavan repetidamente las manos; los “ordenadores”, que sienten la necesidad de ordenar según pautas rígidas, y los “verificadores”, que sienten que deben inspeccionar todo para evitar una catástrofe (ver El top 3). 

Los más graves son los TOC “con ideas mágicas”, que lo tienen quienes se atan a cábalas como un conjuro para evitar tragedias. “Tenía un paciente que sólo podía tomar el colectivo si antes pasaban el 10, el 60 y el 39, en ese orden; si no, sentía que algo terrible iba a pasar”, cuenta Cascardo. Y están quienes tienen ideas obsesivas ligadas a la muerte: “Tenía un paciente que no podía subirse al 17 porque venía de Recoleta y lo asociaba al cementerio”, dice Gustavo Bustamante, de Fobia Club. 

Aunque en menor o mayor medida todos nos identificamos con alguna de estas conductas, no siempre son para preocuparse: para que sea un trastorno, el ritual tiene que ocupar al menos 1 hora por día. Si un chico, por ejemplo, llena ollas con agua para evitar un incendio y con el tiempo deja de hacerlo, quiere decir que se procesó como un miedo normal. 

La psiquiatra Graciela Peyrú, presidenta de la Fundación Argentina de Salud Mental, dice que cada vez atienden más casos: “Los trastornos de ansiedad están aumentando en el país por el ritmo en el que vivimos y la inseguridad social que nos genera, por ejemplo, la amenaza latente de desempleo. Para tener un TOC hay que estar inmerso en estas condiciones sociales y además tener predisposición biológica y una cierta historia individual, como haber vivido situaciones traumáticas“. 

Los médicos lo ubican entre las patologías más inhabilitantes: “El trastorno tiende a agravarse porque la angustia no se procesa y los diques para contenerla empiezan a reforzarse. Así, la persona arranca verificando hornallas y termina sin poder salir hasta que las ventanas no están en un ángulo determinado”, dice el psicoanalista Pedro Horvat. “Toda la vida social queda condicionada. Había un paciente que en su trabajo llenaba un formulario en el tiempo en que los otros llenaban 20 porque volvía a revisarlos. Engañaba a los de seguridad para que lo dejaran entrar los fines desemana para volver a verificar. Otros, en cambio, terminan perdiendo el trabajo porque viven cumpliendo rituales y llegan siempre tarde”, dice Bustamante, A la familia, la tiraniza: “La sexualidad queda limitada: la sensación de contagio inminente hace que usen hasta cuatro preservativos juntos aunque tengan pareja estable”. 

Los psicofármacos y la psicoterapia ayudan a salir del infierno, pero el diagnóstico llega entre los 25 y los 35 años: tarde, por la vergüenza y por el temor de cargar con el estigma de la locura.

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Al igual que ocurre con la depresión o la ansiedad, en algunos individuos los trastornos de la conducta podrían tener más base biológica de lo que hasta ahora se pensaba.

Según un estudio publicado en la revista Biological Psychiatry el comportamiento antisocial entre los adolescentes podría estar relacionado con una baja producción de cortisol, la hormona del estrés.

El estudio lo ha realizado un equipo de investigadores de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) dirigido por el doctor Graeme Fairchild y el profesor Ian Goodyer, con la subvención de la organización benéfica británica Wellcome Trust.

Normalmente, las situaciones o hechos que provocan estrés, como tener que hablar en público o pasar un examen, disparan la producción de cortisol.

Se trata de una hormona esteroide cuya función es la de ayudar a controlar el estrés ya que reprime los impulsos e induce a tener un comportamiento más cauteloso.

En el estudio han participado 165 adolescentes varones de entre 14 y 18 años, con y sin problemas de conducta, a los cuales se les tomó muestras de saliva para medir sus niveles de cortisol en distintas situaciones.

Durante tres días consecutivos hicieron varias medidas de la hormona en la saliva, por la mañana y por la tarde, para saber el ritmo de producción diario en condiciones normales.

A continuación se les sometió a una experiencia estresante que les provocara enfado y frustración, antes e inmediatamente después de la cual hicieron nuevas mediciones.

Con los datos tomados, los investigadores descubrieron que entre uno y otro grupo de adolescentes existían diferencias importantes: los que tenían un trastorno de conducta severo diagnosticado secretaban menos cortisol que los que no lo tenían cuando se enfrentaban a las pruebas.

Los investigadores señalan que la correlación hallada entre hormona y conducta sugiere que, al menos en algunos casos, el desequilibrio de cortisol podría ser la razón del comportamiento antisocial de algunos jóvenes con este tipo de trastorno.

“Si entendemos con precisión qué subyace a la incapacidad de dar una respuesta normal al estrés, quizá seamos capaces de diseñar nuevos tratamientos para los problemas de conducta severos”, explicó Fairchild en un comunicado de prensa.

Unos tratamientos que, añade, ofrecerían “la posibilidad de mejorar la vida de los adolescentes afectados y de las comunidades donde viven”.

Fuente: adn.es

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Una persona va al psiquiatra y le cuenta que no se ha estado sintiendo bien desde hace unas semanas. Dice que su novia lo ha dejado por otro hombre. Se queja de que no está durmiendo bien, no está comiendo y ha perdido interés en todas sus actividades normales. ¿Debe el doctor diagnosticar este caso como depresión clínica? ¿O no es más que una consecuencia natural de las tribulaciones normales de la vida, aquellas situaciones que se nos presentan de vez en cuando que nos hacen sufrir y pasar un mal rato?

 

Esta es una de las críticas que se le hacen a la psiquiatría cuando pretende “medicar” la tristeza y en general muchas de las emociones que son respuestas naturales y lógicas a lo que constituye el vivir mismo. ¿No es acaso normal sentirse deprimido si tu novia o esposa te deja por otro o te despiden de tu trabajo?

 

Estos críticos afirman que la depresión ha alcanzado proporciones de epidemia por lo que habría que cuestionarse cómo los psiquiatras están diagnosticando estos problemas. Sostienen que por muchos años los síntomas de la tristeza que tenían una causa se separaban de aquellos que no tenían causa aparente. Era a estos que se les llamaba “desórdenes mentales” y se les trataba como tales.

 

En la psiquiatría moderna – como también por cierto sucede con el resto de la medicina hoy en día – los doctores se concentran en los síntomas sin tomar en cuenta el contexto de las quejas de los pacientes. Si observan pérdida de apetito, insomnio, desesperanza o baja energía automáticamente diagnostican un cuadro de depresión clínica. El criterio corriente actualmente para una depresión importante no distingue entre reacciones “anormales” causadas por “disfunciones internas” y una “tristeza normal” causada por circunstancias externas. En esto como es lógico influyen los intereses de los doctores, compañías farmacéuticas e investigadores.

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Oliver Sacks, neurólogo, reconocido escritor de obras como El hombre que confundió a su mujer con un sombrero hace una reseña en la última edición del New York Review of Books sobre el libro Hurry Down Sunshine de Michael Greenberg, la historia de una joven maníaca-depresiva narrada por su padre.

 

La aparición de la manía es repentina y explosiva. Sally, llevaba ya varias semanas comportándose de manera extraña, dice Greenberg, su padre.  Estaba exaltada y desbordante de energía. Devoraba libros de Shakespeare hasta tempranas horas de la madrugada los cuales atiborraba de anotaciones, flechas, comentarios que ya no dejaban ver el texto original. Su conducta no parecía tener nada de patológico. Siempre tuvo problemas de aprendizaje desde pequeña, ahora, entrando ya en esa etapa de la vida en que uno necesita comprenderlo todo estaba volcada de frente hacia sus intereses intelectuales. Tenía un tiempo escribiendo poemas oscuros y densos a lo Sylvia Plath. Nada extraño, pensó,  para una joven brillante de 15 años. Un día cualquiera de julio no se sabe cómo ni porqué Sally entró en crisis. Se abalanzó sobre peatones en la calle zarandeandolos y demandando su atención. Confiando en sus supuestos “poderes” se lanzó en plena autopista a detener el tráfico. Ese día su padre se preocupó.

 

Robert Lowel describió algo muy similar en un ataque de “entusiasmo patológico” que sufrió:

La noche antes de que me encerraran corrí por las calles de Bloomington Indiana… Creía que podía detener los carros y paralizar sus fuerzas simplemente con pararme en la mitad de la autopista con mis brazos extendidos. 

Estas exaltaciones intempestivas y peligrosas son comunes al comienzo de un ataque de manía.

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